El papel del tejido productivo en el Abandono Escolar Prematuro

El papel del tejido productivo en el Abandono Escolar Prematuro | Francesc Colomé, Xavier Farriols, Josep Francí y Oriol Homs (Opina FP)

El Abandono Escolar Prematuro (AEP) continúa siendo uno de los principales retos estructurales de la sociedad española. Aunque en las dos últimas décadas su tasa ha disminuido significativamente, España sigue situándose por encima de la media europea, lo que evidencia la persistencia de factores profundos que alimentan este fenómeno.                          

Si bien la mayor parte de los estudios lo han abordado desde una óptica estrictamente educativa, centrada en el modelo escolar de aprendizaje, la orientación o las condiciones del alumnado, resulta cada vez más evidente que el AEP no puede comprenderse –ni, en consecuencia, combatirse– al margen de la realidad económica y productiva del país.

Este artículo propone un enfoque menos habitual: analizar las causas empresariales y sociolaborales del abandono educativo, y situar al sector productivo como una de las causas del fenómeno y una parte activa de la solución. En otras palabras, asumir que el AEP no solo se genera en las aulas, sino también en los modelos de contratación laboral, en la estructura del empleo y en las prácticas del mercado de trabajo.

Un fenómeno multifactorial con raíces laborales 

El AEP responde a un conjunto de factores interrelacionados: familiares, académicos, demográficos, económicos y sociolaborales. Sin embargo, los últimos son los que explican mejor por qué, pese a los avances del sistema educativo, una parte del alumnado sigue abandonando prematuramente sus estudios. 

El coste de oportunidad es uno de los elementos más influyentes. Muchos jóvenes, especialmente aquellos que no han completado la Educación Secundaria Obligatoria (ESO), deciden incorporarse al mercado laboral atraídos por la posibilidad de obtener ingresos inmediatos, o no tienen otra opción dado el escaso aliciente para continuar sus estudios. La decisión, aparentemente racional a corto plazo o exigida por las necesidades económicas del entorno familiar, suele implicar a medio y largo plazo un círculo de precariedad y baja cualificación del que resulta difícil salir. 

A ello se suma la dualidad estructural del mercado laboral español, donde coexisten sectores de alto valor añadido que exigen cualificación y ofrecen estabilidad – con amplias áreas de baja productividad que generan empleo temporal, mal remunerado y sin proyección. Esta dualidad no solo condiciona las oportunidades de empleo, sino que actúa como un potente efecto llamada para los jóvenes con escaso nivel educativo. 

El predominio de las pequeñas y medianas empresas (pymes), que constituyen más del 95 % del tejido productivo, agrava esta dinámica. Muchas de ellas carecen de recursos para invertir en innovación, formación continua o colaboración con el sistema educativo. Cuando las empresas priorizan salarios bajos por encima de la cualificación o las competencias, el mensaje que transmiten a la juventud es claro: “formarse no es necesario para trabajar”. 

Precariedad, desigualdad y ausencia de oportunidades 

Más allá de las condiciones internas del mercado de trabajo, diversos informes europeos (como el Informe Draghi de 2024) han identificado factores estructurales que dificultan la creación de empleo de calidad y, por tanto, inciden indirectamente en el AEP.
Entre ellos destacan: 

  • La falta de vivienda asequible, que limita la movilidad laboral, especialmente en las grandes áreas metropolitanas y polos tecnológicos. 
  • Los déficits en servicios sociales y de conciliación, como la escasez de guarderías públicas o ayudas a la dependencia, que restringen la participación de las mujeres y las familias más vulnerables en el mercado laboral. 
  • La desigualdad territorial entre regiones y municipios, que se traduce en diferentes niveles de empleo y de calidad educativa. 
  • La escasa oferta de formación de adultos, que perpetúa generaciones con baja cualificación e impide la actualización profesional necesaria para afrontar la transición digital y ecológica. 

Estos factores crean un contexto de vulnerabilidad que empuja a los jóvenes a aceptar empleos precarios, alimentando un ciclo que combina baja formación, baja productividad y bajos salarios.

Ciclos económicos y motivaciones juveniles 

Evidentemente, esta relación entre el AEP y el desempleo juvenil no es lineal, no es una constante: sigue una lógica cíclica vinculada a la evolución económica. Ya en el siglo XXI, pueden distinguirse tres etapas: 

  1. Correlación inversa (hasta 2008): En plena expansión económica, con el auge del sector de la construcción y del turismo, el AEP alcanzó niveles muy elevados mientras el paro juvenil se mantenía bajo. Muchos jóvenes abandonaban la escuela porque el mercado ofrecía empleo inmediato, aunque de baja cualificación. 
  2. Correlación positiva (2008-2013): La crisis financiera disparó el desempleo juvenil y, en consecuencia, redujo el AEP. Al no encontrar trabajo, los jóvenes permanecieron más tiempo en el sistema educativo. 
  3. Descorrelación (desde 2014): La recuperación económica no se tradujo en una mejora proporcional del empleo juvenil. Aunque el AEP siguió bajando lentamente, el paro entre menores de 25 años se mantuvo elevado, señal de un desajuste estructural entre formación y mercado laboral. 

Este patrón evidencia que el AEP no responde solo a coyunturas económicas, sino a una desconexión entre la oferta formativa y las demandas reales de la economía. 

El origen de la demanda de mano de obra no cualificada 

La economía española mantiene una fuerte dependencia de sectores de bajo valor añadido: hostelería, turismo, comercio, agricultura o construcción. En 2022, estos sectores representaban alrededor del 75 % del empleo total. Son ámbitos que, pese a su capacidad para generar puestos de trabajo, lo hacen con salarios bajos, elevada temporalidad y escasas perspectivas de desarrollo profesional. 

Según datos del Ministerio de Trabajo y Economía Social, más de 700.000 jóvenes menores de 30 años trabajan en ocupaciones vinculadas a la restauración y el comercio, y una parte importante lo hace sin haber completado estudios postobligatorios. En contraposición, los sectores con mayor intensidad tecnológica o científica —ingeniería, TIC, educación o servicios avanzados— concentran también a un número significativo de jóvenes, pero requieren cualificación superior y ofrecen condiciones más estables. Esta coexistencia define la dualidad del mercado laboral: una parte del empleo joven cualificado y otra atrapada en la precariedad. 

Los empleos de baja cualificación van a continuar existiendo, aunque sea en una proporción sustancialmente menor a la de principios de este siglo. De lo que se trata es de garantizar que quienes los ocupan dispongan de una formación básica sólida que les permita mejorar sus competencias y progresar. La formación, más que una meta en sí misma, debe concebirse como una herramienta de movilidad laboral y social. 

Políticas empresariales y efectos colaterales 

La persistencia de modelos de contratación basados en bajos salarios y escasa exigencia de cualificación es uno de los factores más determinantes del AEP. Estas prácticas generan lo que se ha denominado “efecto llamada”: jóvenes que, ante la posibilidad de ingresos rápidos y sin requisitos formativos, abandonan la escuela. 

En el extremo opuesto, aparece el llamado “efecto sifón”: la contratación de titulados universitarios para puestos que exigen niveles de FP de grado medio o superior, lo que permite a las empresas reducir costes salariales. Este fenómeno refleja la paradoja de la sobreformación en un mercado que, al mismo tiempo, sufre infracualificación estructural.
España se encuentra entre los países de la UE con mayor tasa de sobrecualificación (alrededor del 25 %), lo que evidencia una desalineación entre el sistema educativo y el productivo. 

Frente a esta situación, es imprescindible redefinir la responsabilidad empresarial en la formación y en la contratación juvenil. La empresa no puede ser únicamente un receptor pasivo de talento, sino un agente corresponsable de su desarrollo. 

Vías de solución y propuestas de cooperación entre el ámbito empresarial y educativo 

La reducción del AEP exige una estrategia multiactor que combine la acción educativa con la implicación del tejido productivo. Entre las principales líneas de actuación destacamos: 

a) Impulsar la Formación Profesional Dual

La FP Dual se ha consolidado como uno de los instrumentos más eficaces para mejorar la empleabilidad juvenil y reducir el abandono. Los titulados en esta modalidad no solo encuentran empleo con mayor facilidad, sino que lo hacen en mejores condiciones: contratos más estables y salarios entre un 4 % y un 12 % superiores a los de la FP presencial. Su expansión requiere una participación más activa de las empresas —especialmente pymes—, garantizando tutorías formativas de calidad y retribución justa para el alumnado. También es necesario definir con precisión qué se le pide a la empresa, puesto que no siempre lo entiende (no deberíamos descartar que no se haya descrito suficientemente).  

b) Establecer incentivos sostenibles

Las ayudas a la formación deben orientarse a generar compromiso a largo plazo, no simples subvenciones de contratación. Se proponen exenciones fiscales específicas o mecanismos similares al crédito de formación gestionado por FUNDAE, con el objetivo de apoyar a las empresas que inviertan en cualificación. El impacto fiscal sería asumible y positivo a medio plazo si se vincula a resultados verificables. 

c) Reforzar la orientación y la mentoría

La orientación académica y profesional sigue siendo una de las debilidades del sistema educativo. Es necesario avanzar en el contacto entre estudiantes y empresas, fomentar la mentoría empresarial desde los primeros cursos de FP y fortalecer los servicios de orientación en primaria y secundaria (el tránsito de la ESO a la etapa postobligatoria debería trabajarse de forma consistente y generalizada a partir de los 14 años). Las iniciativas de mentoría no solo acercan la realidad laboral al alumnado, sino que mejoran su motivación y sentido de pertenencia. 

d) Cualificación profesional y mercado de trabajo 

Ningún joven debería incorporarse al mercado laboral sin haber obtenido al menos una cualificación profesional de nivel medio. Para ello, podría implantarse un contrato de formación obligatorio para quienes no posean dicha titulación, acompañado de un plan individual de aprendizaje. Asimismo, los procedimientos de acreditación de competencias profesionales deben reforzarse para permitir que la experiencia laboral se reconozca formalmente. La habilitación de sistemas de acumulación de microcredenciales debería también contribuir a optimizar todos los aprendizajes conducentes a la obtención de una certificación con valor académico y laboral.  

Podría establecerse, asimismo, que el límite de la escolarización no sea la edad, sino la certificación. Las empresas podrían contribuir a la aplicación de esta idea exigiendo una titulación para contratar.  

e) Fomentar la colaboración territorial

Las políticas de prevención y detección temprana del AEP requieren coordinación local. Los planes sociocomunitarios, con participación de municipios, empresas y centros educativos, son clave para abordar desigualdades territoriales —con relación a las zonas rurales— y fortalecer redes de apoyo.   

f) Divulgación de buenas prácticas

Se debe dar la máxima difusión a cualquier experiencia que haya tenido resultados positivos en la reducción del AEP. No hay mejor fuente de inspiración que una práctica exitosa llevada a cabo por colegas que trabajan en la misma red de centros educativos.  

Una visión estructural 

Más allá de las medidas específicas, la lucha contra el AEP requiere repensar el modelo educativo y productivo desde una visión inclusiva. Una ESO realmente universal y no selectiva, un Grado Básico reformado que asegure itinerarios de continuidad y una FP integral y flexible son elementos imprescindibles. Del lado empresarial, urge un compromiso ético y estratégico: contribuir a que nadie quede fuera del sistema educativo ni del mercado de trabajo por falta de cualificación. 

También sería oportuno desarrollar un Plan Estratégico 16-21 años a aplicar en toda España, centrado en jóvenes sin titulación, que combine formación, empleo y acompañamiento personalizado. La finalidad no es ampliar la escolarización obligatoria por edad, sino elevar el umbral formativo mínimo exigible para acceder al empleo. 

Conclusión: un reto compartido 

El Abandono Escolar Prematuro no es únicamente un problema educativo: es un reflejo de la estructura económica y social del país. Cuando una parte del tejido productivo se sostiene sobre la precariedad y la baja cualificación, el mensaje que se transmite a la juventud es desalentador: “formarse no compensa”. Revertir esta lógica requiere una alianza real entre el sistema educativo, las empresas y las administraciones públicas, basada en la corresponsabilidad y la planificación a largo plazo. 

Las empresas pueden y deben desempeñar un papel decisivo. No solo como generadoras de empleo, sino como agentes formadores y de cohesión social. Invertir en la formación de los jóvenes no es un gasto, sino una estrategia de futuro que mejora la productividad, la innovación y la equidad. Reducir el AEP no es solo una meta educativa: es, principalmente, una condición necesaria para un modelo de desarrollo más justo, sostenible y competitivo. 

 

Francesc Colomé, Xavier Farriols, Josep Francí y Oriol Homs

CF2H es un equipo de análisis y elaboración de propuestas para la mejora de la Formación Profesional.

Más artículos