El abandono escolar no es el problema, es un síntoma

El abandono escolar | Hannes Brandt                      

“La escuela deja de ser un lugar ajeno donde cumplir y empieza a ser un espacio donde crecer y proyectarse hacia el futuro. Y eso es, precisamente, el antídoto más efectivo contra el abandono escolar”

Para casi cualquier malestar hay una pastilla: dolor de cabeza, insomnio, estrés… Se invierten enormes recursos en desarrollar medicamentos cada vez más específicos, que alivian los síntomas, pero no siempre atacan la raíz del problema. Muchos de esos malestares podrían evitarse si viviéramos de forma más saludable: moviéndonos más, comiendo mejor, descansando y cuidando nuestras relaciones. Los fármacos son útiles, pero no sustituyen un estilo de vida que prevenga los síntomas desde el principio.

Algo parecido ocurre en la educación. Ante el abandono escolar temprano, se multiplican acciones puntuales, programas de refuerzo y segundas oportunidades. Todas tienen su valor, pero muchas se limitan a tratar los síntomas sin abordar las causas estructurales que lo provocan. El abandono no es el problema de fondo, sino la manifestación de un sistema infrafinanciado que aún arrastra inercias del siglo XIX, pensado para una sociedad industrial que ya no existe. Cuando este modelo, orientado a la homogeneización, se enfrenta a jóvenes que buscan sentido, autonomía y conexión en un mundo rápido, incierto y digital, el resultado es previsible: desmotivación, desconexión y abandono.

Los síntomas no afectan solo a los y las jóvenes. Un creciente número del profesorado sufre un desgaste profesional y emocional, una desconexión vocacional que les lleva a perder la creencia de que sus esfuerzos diarios realmente pueden aumentar las oportunidades vitales de su alumnado, reforzando así la desconexión educativa por parte de los y las jóvenes. De este círculo vicioso no hay escape mientras nos limitamos únicamente a intervenciones compensatorias. Por eso, como en la medicina, no basta con parchear los síntomas. Tampoco es realista esperar que una gran “revolución educativa” resuelva esa contradicción de hoy a mañana. 

La educación del siglo XXI será personalizada, pero ¿cuándo? 

En perspectiva, un sistema educativo nunca es una institución neutral o atemporal, sino una tecnología social diseñada para dar respuesta a las necesidades de la sociedad en la que nace y evoluciona. La educación monástica medieval se limitaba a formar clérigos, el humanismo renacentista preparaba ciudadanos cultos, la revolución francesa daba paso a una educación estrechamente vinculada con la construcción nacional y la sociedad industrial del siglo XIX requería una escuela que entrenaba trabajadores disciplinados con habilidades básicas. 

La educación de nuestro contexto no será una excepción, también reflejará los cambios a nivel social, económico y político. Sin embargo, nos encontramos en un momento de desconexión. Mientras la sociedad del siglo XXI se caracteriza por el cambio tecnológico acelerado, la automatización de tareas repetitivas, la abundancia de información y trayectorias profesionales no lineales que requieren aprendizaje continuo, muchas de nuestras aulas siguen operando bajo principios heredados de la era industrial: horarios rígidos, currículos estandarizados, evaluaciones centradas en contenidos y una pedagogía que prioriza la obediencia sobre la autonomía. 

Las máquinas ya realizan con mayor eficiencia muchas de aquellas tareas mecánicas y predecibles para las que el sistema educativo tradicional fue diseñado. La llegada de la inteligencia artificial generativa agudiza esta paradoja, pues no se limita solo a procesos mecánicos, sino también creativos (por ejemplo, ha contribuido a afilar algún argumento de este texto).

La pregunta no es si la educación se adaptará y se convertirá en una educación más personalizada y dialógica, más centrada en el desarrollo de competencias que en la mera transmisión de contenidos, y más orientada a formar personas autónomas y reflexivas que trabajadores obedientes y uniformes. Todo esto va a ocurrir, o incluso ha empezado a pasar. La pregunta es cuántos jóvenes abandonarán sus estudios prematuramente y verán sus vidas y las de sus familias afectadas negativamente; cuántos millones de euros se gastarán en mitigar las consecuencias de este retraso, antes de priorizar políticas educativas profundas que respondan a este cambio de paradigma.

Pero mientras esperamos esas políticas profundas y esos presupuestos necesarios, ¿qué puede hacer ya el profesorado? La respuesta está en repensar su propio rol: pasar de ser transmisores de contenido y evaluadores del rendimiento académico a ser facilitadores del desarrollo personal y profesional de cada estudiante.  

¿Qué significa ser docente en el siglo XXI? 

Los cambios de paradigma suelen avecinarse gradualmente, atravesando diferentes ámbitos, a través de muchas pequeñas crisis e incongruencias, por un lado, y nuevas perspectivas y tendencias, por el otro. Las tasas de abandono escolar y el malestar profesional de gran parte del profesorado son algunos de los indicadores de que el sistema educativo actual se ha vuelto cada vez más obsoleto.  

En el contexto corporativo apareció, en las últimas décadas del siglo XX, el fenómeno del coaching profesional para llenar un vacío que ni la terapia clínica ni la consultoría técnica cubrían. Y ofrecer acompañamiento individualizado, orientado a la acción y centrado en el desarrollo de capacidades para gestionar la propia trayectoria. Es revelador observar cómo, mientras la educación formal sigue atrapada en modelos de orientación correctivos o informativos, el coaching ha desarrollado durante las últimas cuatro décadas todo un campo profesional dedicado precisamente a lo que las escuelas necesitan: ayudar a las personas a navegar contextos complejos, inciertos y cambiantes.  

Su crecimiento explosivo responde a cambios socioculturales y económicos similares a los que enfrenta la educación: una sociedad más compleja, trayectorias profesionales menos lineales, necesidad de adaptación constante, y una creciente expectativa de que cada persona sea gestora de su propio desarrollo. 

No se trata de convertir a todo el profesorado en coaches, sino de reconocer tres principios valiosos que el coaching ha demostrado en la práctica: 

  • El acompañamiento funciona mejor cuando es continuo y conversacional, no puntual e informativo. Las técnicas de coaching se basan en preguntas poderosas, escucha activa y reflexión guiada que ayudan a la persona a clarificar sus propios objetivos, no a recibir prescripciones externas.
  • No es terapia (no trata patologías), ni consultoría (no da soluciones técnicas), sino facilitación del autoconocimiento, partiendo de experiencias reales y planificación. Con relación a la orientación académica y profesional, eso requiere combinar la psicopedagogía, la exploración práctica del mundo laboral y la orientación informativa en momentos de transición.
  • El foco está en activar la agencia, no en clasificar o corregir. Las técnicas dialógicas del coaching (identificar recursos propios, establecer objetivos concretos, diseñar pasos accionables) empoderan en lugar de diagnosticar. Esto es especialmente relevante para estudiantes de contextos vulnerables, que a menudo no han tenido espacios para explorar sus propios intereses y posibilidades.

Es evidente que en un sistema infrafinanciado como el de la educación es difícil provocar cambios significativos. Pero la buena noticia es que muchos de estos cambios pueden comenzar mañana mismo en cualquier aula, con cualquier docente dispuesto a repensar cómo se relaciona con sus estudiantes y cómo conecta el aprendizaje con sus vidas. De hecho, ya está pasando en muchas aulas, aunque todavía depende demasiado del compromiso individual del docente sin materializarse estructuralmente en la formación docente ni en la adaptación (y reducción) del currículum.

La orientación como práctica diaria docente, no como acción puntual del orientador 

Tradicionalmente, la orientación académica y profesional se ha concebido como una acción puntual: una charla en cuarto de ESO, un test vocacional, una visita a una feria de estudios. Pero cuando la orientación se relega a estos momentos aislados, llega tarde y desconectada de la experiencia cotidiana del estudiante. 

Ed Hidalgo y Steve Regur, fundadores de la Educators Cooperative y del modelo World of Work en Estados Unidos, han desarrollado una alternativa que integra la orientación en el día a día del aula, convirtiéndola en parte natural del aprendizaje. Utilizan el modelo RIASEC, un marco sencillo y ampliamente aceptado que consiste en seis palabras que describen tipos de intereses profesionales (Realista, Investigador, Artístico, Social, Emprendedor, Convencional). En lugar de utilizarlo como una herramienta de clasificación o emparejamiento («haces este test y te dice qué profesión es para ti»), ellos lo utilizan como un vocabulario común que estudiantes y docentes comparten para explorar y conversar sobre conexiones entre lo que aprenden y el mundo real. 

En una charla con Ed Hidalgo presentó el siguiente escenario: “Imaginemos una clase de matemáticas donde, tras explicar fracciones, el profesor pregunta: ‘¿Quién usa fracciones en su trabajo? ¿Qué tipo de intereses RIASEC tendría esa persona?’ Los estudiantes empiezan a pensar: un carpintero (Realista), un arquitecto (Investigador y Realista), un chef de repostería (Artístico y Convencional)… La conversación fluye. Algunos descubren que su tío hace cabinets y de repente quieren saber más sobre ese trabajo.”  

No es una lección adicional, no requiere materiales especiales, no añade carga al docente, sino que enriquece lo que ya está haciendo. Es simplemente una pregunta que invita a los estudiantes a conectar el contenido con la vida real, a pensar en posibilidades, a conversar entre ellos. Cuando esto ocurre con regularidad, los y las estudiantes desarrollan naturalmente un lenguaje para hablar sobre sí mismos, sus intereses y sus posibilidades futuras. La orientación deja de ser un evento externo y se convierte en parte del tejido del aprendizaje. 

Este enfoque también permite entender que no existe un único camino profesional y que las decisiones están influidas por el contexto, motivando al alumnado a explorar distintas posibilidades y construir trayectorias significativas. “Los jóvenes no necesitan más contenido”, añadía Steve Regur, “necesitan que alguien se interese genuinamente por quiénes son y quiénes quieren llegar a ser”.

El impacto en el profesorado 

“Lo más revelador de estas prácticas”, expresan Hidalgo y Regur, “es su impacto en los propios docentes”. Profesores con 15 o 20 años de experiencia que implementan estas conversaciones dialógicas reportan algo sorprendente: “Pensaba que conocía a mis estudiantes, pero hoy he descubierto cosas sobre ellos que nunca imaginé”. No es que antes no fueran buenos profesores. El sistema tradicional, con su enfoque en cubrir contenido y evaluar constantemente, deja poco espacio para conocer realmente a las personas que tienen delante.   

Cuando cambia la dinámica, cuando pasan de hablar a los estudiantes a conversar con ellos, se abre un espacio completamente nuevo. Y esto también reconecta al profesorado con su propósito. Es recuperar el sentido profundo de la vocación docente. 

Como en la medicina, la prevención siempre será más efectiva que el tratamiento tardío de los síntomas. Cuando un estudiante descubre que sus intereses tienen nombre, cuando alguien le pregunta genuinamente qué le importa, cuando se le da espacio para reflexionar sobre su propio proceso, algo fundamental cambia. La escuela deja de ser un lugar ajeno donde cumplir y empieza a ser un espacio donde crecer y proyectarse hacia el futuro. Y eso es, precisamente, el antídoto más efectivo contra el abandono escolar. 

No necesitamos esperar a la gran revolución educativa ni a presupuestos extraordinarios. Podemos empezar mañana, en cualquier aula, con una simple pregunta que invite a un estudiante a conectar lo que aprende con quién es y quién quiere ser. Esos pequeños gestos, multiplicados por cientos de conversaciones y miles de estudiantes, son exactamente el tipo de transformación sostenible que necesitamos. No es una revolución de un día. Es una evolución diaria y colaborativa. ¿Empezamos? 

Hannes Brandt

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